Capítulo II
Hoy nos vestimos de rojo
Hemos comenzado con el pie derecho. El color rojo era el escogido para hoy y Suiza ganó, clasificándose para los cuartos de final. Pero lo que más me emocionaba era descubrir que las raíces de los dos últimos contrincantes se encontraban, con toda seguridad, en Latinoamérica: los dos se apellidaban Vargas. Nos dormimos ya con una sonrisa.
Al levantarnos, sabíamos que el color era el rojo, aunque amanecimos con un cielo encapotado, 18 grados y un tiempo de calabobos.
Prendimos la radio y comenzamos la ruta con Purple Rain. Recordamos dos momentos diferentes de nuestras vidas. Mientras él disfrutaba de su estadía en Inglaterra, yo todavía estaba en el colegio y recordé que el suéter de mi colegio de «señoritas» era rojo.
Nos dirigíamos a Bremen, la ciudad de Los músicos de Bremen. No es una ciudad cualquiera, ni tampoco lo es su famosa figura.
Mi «amigo de siempre», cuando tenía unos ocho años, realizó un trabajo de collage en el colegio que su madre guardó durante muchos años. Cuando nació nuestro segundo nieto, se lo regalamos por su primer cumpleaños.
Me gusta regalar historias. ¿Será porque la mía no está completa? 
El día mejoró y llegamos hasta los 22 grados, bajo un cielo nítidamente azul. En el camino encontrábamos colosos de metal que desafiaban al viento, y no vi a ningún Quijote dispuesto a plantarles batalla.
Pero sí vimos las típicas casas de adobe rojo y ventanas blancas. Me hicieron recordar mi infancia, mi Lego y cómo, absorta, pasaba horas construyendo mi casa. Esa que ahora tengo. Ya desde entonces la soñaba.
Paramos a comprar unas jugosas fresas y continuamos. Al llegar a Bremen, me encantó el ambiente, la gente, los turistas y, sobre todo, los niños corriendo para tocar a ese famoso monumento.
Este cuento de los hermanos Grimm tiene también detalles fascinantes. Por ejemplo, que, a pesar del título, los animales protagonistas nunca llegaron a la ciudad de Bremen. Decidieron quedarse a vivir en la cabaña de los ladrones después de asustarlos y descubrieron que, en el viaje la compañía importa más que el destino original.
Es mi filosofía: no importa tanto adónde vaya el camino que recorro; la compañía es lo que verdaderamente da valor al viaje, aunque, a veces viaje sola.
Lo espectacular era el rojizo de la piedra de los edificios antiguos. Entre ellos, la casa de la prefectura, uno de los edificios más antiguos de Europa que permanece intacto.
Nuestra merecida pausa, después de recorrer las callejuelas y sorprendernos con ese equilibrio entre historia y modernidad, fue un Aperol Spritz de fresa y un Crodino.
Como jóvenes enamorados, nos dejábamos contagiar por el ambiente y seguíamos buscando el rojo.
Llegamos a Cuxhaven y divisamos a lo lejos una bandera de Berna. Nos sentíamos un poquito en casa, a pesar de los kilómetros recorridos. Ya en nuestro hospedaje en un séptimo piso nos encontramos con un tocadiscos y vinilos de diferentes épocas, entre ellos uno especial, un disco de los años setenta con canciones en español. Alguna de ellas la recordé… cantada por mi padre para mí:
«Qué bonitos ojos tienes, debajo de esas dos cejas…»
Pusimos música, tomamos algo y, después, callados, disfrutamos de ese atardecer arrullados por el rugido del mar.
Hasta mañana.