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Capítulo III

Hoy nos tocó verde, como los ojos de «mi amigo de siempre»

De nuevo, el cielo encapotado. Esta vez, sin lluvia, llovizna ni brisa: nada de nada. Pero sí un viento que se llevaba no solamente al mundo, sino también a los malos pensamientos. Y eso nos alegró.

Naturalmente, fotografiar el verde sin sol es un punto menos para mi color, pero nuestro verde iba con nosotros, pues, como dicen, verde es el color de la esperanza.

Caminamos hasta una cafetería «cuqui» y tomamos nuestro desayuno. Observamos a los lugareños y nos dimos cuenta de que tienen «cara de pocos amigos». También su manera de hablar es recia y golpeada, como en mis tierras rudas, donde el tiempo te hace el carácter. ¿Dónde se ha visto gente dulce y mimosa en lugares inhóspitos?

Este lugar, aunque está rodeado de un verde jugoso, se siente inhóspito por el espacio abierto y por el ruido continuo y ensordecedor del viento. Te abrigas no por el frío, sino para darle peso a ese pobre cuerpo enjuto, que lucha por avanzar contra estos vientos impetuosos.

Los barcos, a lo lejos, se movían a velocidades vertiginosas. Aunque eran barcos de carga, parecían hojitas arrastradas por el viento sobre el mar.

Ese mar oscuro y pesado, hacía juego con el cielo. Por momentos ya no sabía si estaban realmente navegando por estos lares o si se abrían paso con enormes pies de acero pisando pesadamente sobre esa arena fangosa que había dejado al descubierto la marea. A esta enorme extensión se la conoce, con justa razón, como Wattenmeer.

Desde ese séptimo piso, (no cielo), me senté a escribir mis experiencias del día acompañada de unas tremendas cerezas, brillantes y jugosas, pero con un sabor muy «cuxhaveano»: entre dulce y seco.

Escucho en el viejo tocadiscos un vinilo de Donna Summer y sonrío, ¿dónde está el verano aquí?

Pues lo seguiré esperando.

Al día siguiente, aún sin conocer realmente el propósito de ese color que me había propuesto fotografiar, «mi amigo de siempre» tomó la palabra y me propuso caminar hasta un lugar muy concurrido por los turistas debido a su historia: el Kugelbake.

Me dijo:

—¿Sabes? Este coloso de más de doscientos años era lo último que veían quienes partían hacia tierras lejanas y lo primero que veían quienes llegaban. Aunque ya no resulta imprescindible por la modernidad, se conserva como recuerdo de la memoria de un pueblo en movimiento: En segundos tuve mi tema para este color.

Quiero entrelazarlo con su simbolismo de esperanza y buen querer. Recordé entonces las palabras de aquel famoso poema del gran Federico García Lorca, escrito mucho antes de que nosotros llegáramos a estos lugares, donde también hablaba de volver a ver, de vientos y de mares:

Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña.

Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata.

Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas le están mirando y ella no puede mirarlas…

Recordé también otros puntos emblemáticos que hemos visitado. En Key West, por ejemplo, estuvimos en el Southernmost Point, el famoso «Punto más meridional», con su icónica boya que señala la cercanía de Cuba y se ha convertido en uno de los símbolos más fotografiados del lugar.

O cuando estuvimos en Nordkapp, aquel verano de 2013, en familia, y disfrutamos del monumento más icónico y fotografiado: el Monumento al Globo Terráqueo, situado al borde del acantilado sobre el océano Ártico y convertido en símbolo de haber llegado al extremo norte de Europa.

También hemos estado en faros remotos, como en Brasil, en Barreirinhas. Todos han sido, de alguna manera, el último lugar que se deja de ver o el primero que aparece ante los ojos de quien llega.

Entonces pensé: con el color verde puedo trabajar la migración.

Pero ¿la migración de quién? ¿La de los animales? ¿La mía? ¿Qué historia sería digna de contar?

Recordé que no solamente yo he migrado a Suiza. También hay suizos que han migrado. ¿Qué color los acompañaría cuando dejaron sus tierras?

A mí, seguramente, también me acompañó el verde. Estábamos esperando a nuestra primera hija. Pero ¿y a las otras personas?

Por la tarde decidimos visitar a una familia que lleva viviendo en esta ruda ciudad cerca de diez años.

Tenía tres preguntas para ellos.

Llegamos a su café, instalado dentro de una vieja torre de agua construida con adoquines rojos y coronada por una cúpula de techo verde que ha sido acondicionada para este nuevo uso. Además, tiene un apartamento para alquilar a turistas sedientos de lentitud y de espacio a montones.

Mirabelle y Alan, dos suizos encantadores.

Les pregunté:

—¿Qué fue lo más difícil de dejar atrás en Suiza?

—¿Qué ha sido lo más fácil de adaptar a este nuevo lugar?

—Y, después de tantos años, ¿dónde está tu corazón?

Escucharlos responder me hizo darme cuenta de que no importa el color ni la procedencia: tenemos muchas cosas en común. Y, una vez más, apareció el verde, reflejo de la esperanza.

Lo más difícil no fue dejar algo atrás, porque para ellos era un proyecto de vida. Y, desde que lo decidieron, no hubo vuelta atrás.

Lo más fácil fue adaptarse al clima. Son amantes de las temperaturas crudas. Además, dijeron algo crucial:

—Somos suizos y nos gusta adaptarnos al lugar a donde vamos. Está en nuestro ADN.

Y yo solo puedo corroborarlo.

Pero me di cuenta de que, aunque no soy suiza, he sido extranjera muchas veces en mi vida. Desde muy pequeña intuí que, si no me adaptaba al lugar, perdería toda lucha.

El momento más bonito llegó cuando, con los ojos brillantes y de un «verdor melao» de Mirabelle, me dijo, sin titubear:

—Mi corazón está donde está mi familia: mi esposo y mis hijos.

Me identifiqué totalmente con ella y con ellos.

Es muy valiente quien decide empezar una nueva vida. Aunque nosotros hayamos dejado nuestros países libremente y sabiendo que podemos regresar, hemos decidido echar raíces y regar esa nueva plantita con lágrimas, sacrificios, satisfacciones y logros, para que, con el tiempo, crezca y nos embellezca con esos verdes jugosos que solo puede dar una naturaleza sana, no solo de tierra, sino también de corazón.

Salimos contentos, dirección a nuestro hogar por unos días, a descansar. Yo, a escribir, escuchando el silbido del viento y admirando ese verde jugoso que pronto comenzará a difuminarse con los grises de la noche.

Mañana será otro día.

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