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Capítulo VI

Estocolmo y el color naranja

Para nuestra estancia en esta fantástica ciudad, le tocó al naranja. Difícil misión, nuevamente.

¿Qué me espera?

El naranja es un color ambivalente, asociado tanto con la espiritualidad como con la seguridad. Tendría que encontrarlo en una ciudad que todavía no conocíamos.

Pasaron horas mientras avanzábamos por la carretera, admirando el paisaje: esas extensiones interminables de verdes jugosos, esos lagos como espejos donde ya no se sabía si era el cielo el que se mecía sobre el agua o si eran los lagos los que se reflejaban en aquel cielo nítido.

Los 23 grados nos llevaban por buen camino.

Hicimos una pausa a la orilla de un lago para observar el pulso de la cotidianidad sueca. Familias con niños, mayores con sus sillitas… Todos se entregaban al sol sin pudor y casi sin conciencia de que, para nosotros, aquel espectáculo también formaba parte del viaje.

Continuamos el camino y, casi llegando a nuestro destino, encontramos a unos señores. Me pareció curioso cómo, cuando no conoces el idioma, echas mano de cualquier conocimiento que tengas para hacerte entender. Y, de alguna manera, conseguimos comunicarnos.

El GPS nos llevó hasta nuestro hotel y la sorpresa fue que era naranja. O, por lo menos, lo eran sus ladrillos vistos.

¡Estaba feliz!

Cansados, pero contentos, llegamos y decidimos darnos un premio en la terraza del hotel: un fresco jugo de naranja mientras disfrutábamos de un atardecer maravilloso.

Al día siguiente salimos a caminar por el barrio periférico donde nos hospedábamos. Me sentía en nuestro propio West Side, un lugar donde también llegan turistas de paso y conviven con los lugareños.

Llegamos al famoso casco antiguo, Gamla Stan, y caminamos hasta Slussen para tomar el ferry comunitario que nos llevó a otra isla: Djurgården, una de las zonas más conocidas de Estocolmo. Es el gran pulmón verde de la ciudad y uno de sus principales centros culturales, con museos, parques y amplias zonas para caminar.

Llegamos al museo de ABBA.

Los recuerdos de nuestra juventud afloraron. El cuerpo se aligera, los oídos se afinan y las anécdotas están ahí, esperando su oportunidad para ser contadas.

¡Mamma Mia! La película o el musical que vimos en Nueva York allá por 2009… Recordar aquella ciudad pulsante y compararla con esta fue genial.

Regresamos al casco antiguo y seguimos caminando. Era un enjambre de turistas pululando por los lugares de interés. Nos sentamos en una cafetería y observábamos los grupos acompañados por guías en quién sabe cuántos idiomas.

Nadie parecía detenerse realmente a observar lo que ocurría alrededor. Todos posaban para conseguir la foto ideal.

Llegamos a la transitada calle de las tiendas y allí, justamente en una esquina, encontramos a una curiosa figura en bronce; un viejo lobo cubierto de harapos. Estaba allí para recordarnos que también en esta ciudad existe aquello que muchas veces preferimos no mirar: la pobreza y las personas sin hogar.

Llegamos al hotel después de perdernos varias veces y disfrutamos nuevamente de una merecida piscina. Allí pudimos reírnos y recordar los momentos vividos durante este maravilloso segundo día, con temperaturas cercanas a los 30 grados.

Este tercer día quisimos visitar el museo Fotografiska. Genial. Sus instalaciones, intervenciones y fotografías nos hicieron disfrutar cada minuto, sobre todo porque el color naranja estuvo presente en cada una de las salas del museo.

El sol apretaba, pero las ganas de conocer eran aún más fuertes. Caminamos con el ventilador en la mano y nos dirigimos hacia Södermalm, donde llegamos a un restaurante muy visitado para comer las famosas albóndigas suecas, las típicas köttbullar.

Llegamos a buena hora. Al salir, recordamos la Gelateria di Berna, por la cola de gente que esperaba en la puerta para entrar.

Estocolmo es una ciudad pulsante llena de gente amable. Parece que el naranja no solo es el color de la ciudad: también es el color de su corazón. Tiene una vitalidad máxima, una energía que se siente incluso cuando simplemente caminas por sus calles.

Nos vamos de Estocolmo felices.

Y, como nos dijo un lugareño:

—Si os gusta Estocolmo en verano, tenéis que venir en invierno, porque es aún más bonito.

Quizás lo hagamos.

Quizás, para entonces me tocará buscar otro color.

 

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