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Capítulo VIII

Hasta Kiel, en violeta

Este color de turno nos acompañará para despedirnos de Suecia. Un color hermoso, sereno y misterioso, pero también difícil de encontrar. ¿Dónde se esconderá cuando decida salir a buscarlo?

La respuesta apareció, como siempre, donde menos lo esperábamos.

A un lado de la autopista, extensos campos verdes estaban salpicados de pequeñas flores violetas que contrastaban con un cielo de un azul impecable. En ruta era difícil fotografiarlo, así que apenas tuvimos tiempo de contemplarlas. Pero bastó ese instante para saber que nuestro color estaba allí.

Llegamos al ferry para emprender la travesía de regreso. Nuestros pequeños amores ya no estaban con nosotros, en su lugar se encontraba un coloso de metal azul, blanco y rojo y esa combinación también nos desvela un violeta.

Brindamos por nuestra familia con un cóctel de ese color mientras el atardecer teñía el horizonte con los mismos tonos. En la cubierta del barco, el viento envolvía nuestras conversaciones y, como buena venezolana, terminé desafiando a «mi amigo de siempre» a una partida de dominó.

Hay tradiciones que viajan con uno, sin importar el país ni la edad.

El lila nace cuando el violeta se mezcla con el blanco. Y el violeta, a su vez, surge del encuentro entre dos mundos: el azul, frío y sereno, y el rojo, cálido y apasionado. Quizá por eso transmite equilibrio. Es un color que parece reunir la calma con la emoción, exactamente como nos sentíamos mientras el barco avanzaba lentamente hacia Alemania.

Desembarcamos en Kiel bajo un cielo cubierto. Eso significaba que nuestro plan de seguir buscando el sol en dirección a California quedaba descartado. Cambiamos de rumbo y decidimos regresar a un lugar que ya conocíamos y que siempre había ocupado un rincón especial en nuestra memoria: Marburgo.

Hay ciudades que son bonitas por lo que muestran y otras por lo que despiertan. Marburgo tiene ambas virtudes.

La habíamos visitado hacía treinta y cinco años y volver era, en cierto modo, reencontrarnos con quienes fuimos entonces.

Además, Marburgo está íntimamente ligada al universo de los hermanos Grimm. Allí vivieron parte de su juventud, y aquellas calles empinadas, las escaleras interminables y el ambiente medieval alimentaron la imaginación que más tarde daría vida a sus cuentos.

Caminar por su casco antiguo es descubrir pequeños guiños a ese mundo fantástico: el zapato de Cenicienta, el espejo de Blancanieves y otros rincones escondidos que parecen esperar al visitante más curioso.

También nosotros nos sentimos parte de esa historia. Sus cuentos nos habían acompañado desde la infancia, primero en español y más tarde en alemán. Pensar que aquellas historias habían sido traducidas a decenas de idiomas y que habían formado parte de nuestra infancia, aunque en dos lenguas distintas, hizo que el paseo fuera todavía más especial.

Disfrutando de un luminoso día, con unos 26 grados, subimos caminando hasta el castillo situado a unos 280 metros sobre el nivel del mar, escudriñando a la ciudad igual que lo hizo ya siglos atrás, cuando su posición estratégica era fundamental.

Hoy ofrece una de las vistas más hermosas de Marburgo.

Mientras contemplábamos los tejados, imaginé cómo se verían en invierno, cubiertos de nieve, como si alguien hubiera espolvoreado azúcar glas o escarcha sobre ellos.

Después nos sentamos a tomar un aperitivo lila, por supuesto, en un restaurante instalado en un edificio que data del siglo XVII.

Al iniciar el descenso, recordamos una anécdota atribuida a uno de los hermanos Grimm, quien decía que en Marburgo había más escaleras que casas.

No sé si será cierto, pero después de recorrerlas durante horas estuve tentada de darle la razón.

Nos divertimos caminando, riéndonos de nuestras propias historias y tomando conciencia de que el viaje está llegando poco a poco a su fin.

Los interminables embotellamientos, las largas colas de coches y las horas de autopista habían dejado de importar.

Lo que permanecía era otra cosa.

Quedaba la alegría de haber revivido un viaje de hacía treinta y cinco años. Por momentos dejamos de sentirnos los abuelos que somos hoy para volver a ser aquellos jóvenes padres que recorrían Europa en coche a ritmo de casetes escuchando a Polo Hofer saciados de ilusiones.

Quizá ese sea el verdadero significado del violeta; color secundario resultado de la mezcla de colores primarios, como nuestros recuerdos que se mezclan entre el pasado y el presente y los sueños; como pinceladas del futuro.

Un color que nos recordó, una vez más, que viajar nunca consiste solamente en cambiar de lugar, sino también en volver a encontrarnos con nosotros mismos.

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