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Dijon, un búho y el regalo de los 60

Lo que fui, lo que somos, lo que viene

De camino ando hacia el punto de encuentro, en la estación de Berna, a las 14:50…

Desde hace unas semanas, la almohada es mi confidente en mis sueños. Es mi mejor amiga, la que responde con su silencio a mis preguntas:

¿Adónde iremos?
¿Cruzaremos alguna frontera?
¿O nos quedaremos en Suiza?

Por mis 60 años, mis hijas me llevarán de viaje durante un fin de semana a un lugar sorpresa. El único pensamiento que ronda mi cabeza es que, mientras yo cuento ya con muchos años de experiencias vividas, mis hijas, con sus cuerpos dulcemente redondeados por esa espera que a todos nos tiene embobados, cuentan semanas para comenzar las suyas.

Me han dicho que para esos tres días solo necesito tres prendas importantes: un bañador, unos buenos zapatos y un vestido elegante.

Siguiendo las costumbres de este país, se supone que los 60 son un cumpleaños memorable. Pero, para mí, comenzaron mucho antes. Comenzaron en 1966, cuando, entre tantas cosas importantes y otras menos, nací yo.

Nací en la bella ciudad de San Cristóbal, de clima cálido y, curiosamente, situada entre fronteras. Quizás fue un augurio de lo que sería mi futuro: recorrer países y cruzar fronteras de todo tipo. Geográficas, sociales, morales, éticas… Algunas con pasaporte, otras con permiso y otras, simplemente, con valentía.

Hoy por la mañana y, como cada viernes, salí a encontrarme con mi futuro.

Mi grupo de español más antiguo. ¿Qué son 60 años frente a 85?

Me encanta sacar a mis alumnos de su zona de confort. ¿El pretexto? El español.

Hablamos de Dios y del mundo y, cada vez que lo hacemos, me sorprenden.

Ese día, nuestro tema era: La primera mujer en tu pueblo que…

Y aparecieron historias de muchas mujeres interesantes.

No necesariamente una escritora famosa. Podía ser aquella madre que, a principios de los años cincuenta, obtuvo su patente para dirigir un restaurante. O aquella primera mujer que se casó con un extranjero en su pueblo. O aquella compañera de universidad que llegó a ser consejera federal.

Me he dado cuenta de que la mujer, tanto en el pasado como en el presente y, probablemente, también en el futuro, fue, es y será un pilar fundamental de toda sociedad.

Reflexionando, comprendí también la importancia de esos patrones que traemos de casa: tanto aquellos que tenemos el lujo de continuar como aquellos que tenemos todo el derecho a romper.

Entre lecciones y confidencias, mis alumnos y alumnas me comentaban que seguramente disfrutaría mucho de ese lugar sorpresa, porque, en realidad, no es el lugar lo importante. Es la compañía.

Y en estos tiempos en los que el tiempo parece volar, encontrar un espacio para estar en familia es quizá uno de los regalos más bonitos que se pueden recibir.

“Mi amigo de siempre” también estará presente. Y eso me alegra.

Desde mis 19 años apareció en mi vida para quedarse. Firmamos entonces, tácitamente, un pacto: seríamos amigos… Y todavía lo seguimos siendo.

Con el tiempo se convirtió en ese aliado incondicional que está allí para mí, tal vez no siempre con palabras, pero sí con gestos.

Y ahora la vida, a su lado y a mis 60 años, vuelve a sorprendernos.

Mientras yo me acerco a la etapa más bonita del año, de la que siempre he estado enamorada —el otoño—, ellas se acercan a una de las grandes transformaciones de sus vidas: convertirse nuevamente en madres.

Y así se agranda nuestro amor de pareja, ese que comenzó hace tantos años con dos corazones bohemios, casi sin darnos cuenta. Hoy nos preparamos nuevamente para volver a mirar el mundo con los ojos de estos nuevos retoños.

Quizá por eso la vida escogió para mí este viaje a la ciudad de Dijon, conocida, entre otras cosas, por su búho, ese curioso animal que se ha convertido en su mascota.

Tal vez este animal me está diciendo que la lentitud también puede ser gratificante. Ya no necesito correr.

Tal vez me está diciendo que escribir podría ser una manera de aguzar la mirada, de atravesar el tiempo y dejarles a mis nietos un legado de memorias.

Entonces aparece una pregunta que ya no puedo esquivar:

¿Qué he visto en estos 60 años?

Tal vez sea el momento de detenerme para, en retrospectiva, mirar todo lo vivido y descubrir que la historia todavía no ha terminado. Al contrario… Hay nuevas páginas esperando ser escritas.

El segundo día

Llegamos al segundo día con todos estos pensamientos rondando por mi cabeza.

Nos dirigimos a tomar nuestro brunch en una cafetería muy bonita cuyo nombre era Gufo. En italiano significa búho. De nuevo, lo tomé como una señal.

Pero hoy quiero quedarme en el presente. Caminamos por la ciudad y pausamos cada vez que sea necesario.

Quiero disfrutar de mis hijas, fruto de nuestro amor. Ver cómo entrelazan sus manos sobre sus hermosos vientres, sentir su olor a fresco y a esperanza, escuchar sus risas cómplices e infantiles y sus ocurrencias, me hace sentir que ellas, a nuestro lado, dejan de ser madres para convertirse, por un instante, en hijas cobijadas por el amor de sus padres.

Quiero sentarme con ellas, conversar, mirarlas y contemplarlas plenas.

Y entonces me sentí como ese árbol que le sirve de casa a aquel curioso animalito.

Un árbol con raíces propias y ramas fuertes que ha dado frutos. Y esos frutos llevan dentro nuevas semillas.

Por eso no considero, como muchas otras personas, que llegar a los sesenta signifique comenzar a perder. Yo prefiero verlo como el comienzo de una etapa de ganancias.

El traje de baño también formó parte de la experiencia, sentarnos en las cálidas arenas a la orilla del hermoso lago, fue muy bonito, sobre todo porque pude yo, tenerlas en mi regazo y arrullarles sus sueños, no sabéis los feliz que me sentí ese momento.

Más tarde, por la noche, pude ponerme esa tercera prenda que debía preparar para el viaje y nos dirigimos “un pelín emperifollados” a un restaurante muy bonito.

Allí, los sabores se fundían con los recuerdos y, aunque estábamos viviendo el presente, también hubo un pequeño guiño al futuro.

Una velita me esperaba, iluminando no solo mi postre, sino también mi corazón.

Ese pequeño detalle me hizo pensar y recordar, una vez más, que quizá sí lo he hecho bien.

Mis hijas, mis tesoros, aunque ahora son madres, no dejan de ser mis hijas.

Y en detalles tan íntimos como una vela, en el brillo de sus ojos y en el calor de sus corazones, siento todo ese amor, incluso cuando afuera hace un poquito de frío.

Las amo con locura, tanto a ellas como a sus retoños.

El tercer día

Nuestro tercer día también fue especial.

Fuimos a tomar un brunch que me hizo mucha ilusión, porque aquellos sabores orientales me recordaron a mi amada Granada, a Marruecos o a los Emiratos Árabes. Sabores exóticos, como yo misma.

Porque, aun a mis sesenta años, sigo sintiéndome así, aunque haya echado raíces por estos lares.

Mientras tomaba aquel té de hierbaluisa, el aroma se convertía en testigo de un futuro fresco y misterioso que todavía estoy por descubrir.

¿Qué quiero transmitirles a esos tiernos vástagos que están por nacer y a los que ya forman parte de mi vida?

No solamente objetos, como ese búho de cerámica, símbolo del recuerdo de este viaje inolvidable.

Quisiera dejarles recetas. Como la de aquel té fresco de toronjil que, aunque en alemán se llama Zitronenmelisse y en español peninsular se conoce como hierbaluisa, en mi ADN tiene otro nombre: “toronjil”.

Para mí es aquella sencilla agüita calentita que me calentaba del frío o que, con hielo, me refrescaba en aquellas tardes de calor.

Quisiera dejarles también alguna que otra fotografía. No necesariamente la perfecta.

Pero sí alguna en la que se pueda captar el espíritu de los momentos vividos.

Porque quizás eso sea, al final, lo que quiero regalarles:

No una colección de cosas, sino pequeñas huellas de quienes fuimos, de quienes somos y de todo aquello que todavía estamos por ser.

Y quizá, cuando algún día ellos miren ese búho, se tomen un té o encuentren una fotografía, puedan preguntarse:

¿Quién era ella a los 60?

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