zum Arbeitsmaterial »

Capítulo final

El color café y la conciencia

De camino a casa nos tocó el color café. Y me encantó.

Quizá porque es uno de mis colores favoritos. Tal vez por el tono de mis ojos o porque tiene el color de aquel guayoyito que aprendí a beber siendo una niña, en una hacienda cafetalera de Venezuela, durante una tarde lluviosa.

Recuerdo todavía cómo la lluvia refrescaba el aire cálido. La tierra mojada desprendía ese aroma inconfundible que huele a vida. A nuestro alrededor, los cafetos lucían un verde intenso y brillante, salpicado de pequeñas cerezas rojas que jamás habría relacionado con aquella bebida dulcita, calentita y humeante que sostenía entre mis manos en una sencilla taza de peltre.

Con el tiempo descubrí que el café tiene muchos matices. También es el color del chocolate suizo: cremoso, intenso e irresistible. Basta recordarlo para que se nos haga agua la boca.

O ese marrón profundo de la torta Selva Negra que nuestra hija preparó para nuestro yerno por su cumpleaños y que tuvimos la suerte de degustar en familia.

Con los años cambian los lugares, los olores y hasta los sabores.

En mi caso, todo cambió por amor.

Seguimos rodando por la autopista. A medida que dejábamos atrás el norte y avanzábamos hacia el sur, aparecían carteles que nos invitaban a desviarnos hacia pueblos y paisajes que prometían nuevas historias.

Sin embargo, nuestras tres semanas de vacaciones llegaban a su fin y era hora de volver a casa.

Marburgo quedaba atrás. Terminaba el capítulo de los cuentos y comenzaba el regreso a la realidad.

Durante el camino hubo dos momentos que me hicieron reflexionar.

El primero fue darme cuenta de la cantidad de fronteras que habíamos cruzado sin mostrar un solo documento. Una matrícula suiza abre muchas puertas.

Eso me llena de gratitud, pero también de nostalgia.

Hubo un tiempo en que llevar un pasaporte venezolano también era símbolo de prosperidad y oportunidades. Hasta los años ochenta, Venezuela era un país admirado y respetado.

La segunda reflexión apareció en el paisaje.

El marrón dominaba el horizonte. Era un marrón terroso, reseco; el color de una tierra sedienta después de semanas sin lluvia, castigada por la intensa ola de calor que atraviesa buena parte de Europa.

Volví a quedarme en silencio mientras «mi amigo de siempre» conducía.

Campos amarillentos se extendían a ambos lados de la carretera. A lo lejos, los agricultores trabajaban con sus tractores, levantando enormes nubes de polvo.

Las esperas eran interminables y las pausas obligatorias nos regalaban otro café, esta vez frío, lleno de hielo: el auténtico café del verano.

Y entonces llegamos a Suiza.

Mi Suiza.

Pero la Suiza que recordaba era verde, fresca y exuberante.

¿Dónde estaban aquellos prados de un verde intenso? ¿Dónde los bosques húmedos y los ríos caudalosos?

No había sido consciente de cuánto había cambiado el paisaje.

Después de disfrutar en Escandinavia de un verano suave, rodeados de infinitos matices de verde, regresábamos a una Suiza impecable, como siempre, pero vulnerable ante la fuerza de la naturaleza.

Sí, el calor invita a buscar el lago, el río, el mar o una piscina. Pero detrás de ese verano tan deseado se esconde una realidad mucho menos amable.

Fue entonces cuando comprendí que el color café ya no solo me evocaba recuerdos felices.

Ahora también me inspira respeto.

Es el marrón de los cauces secos, del barro que queda en las orillas cuando el agua desaparece. Es el color de los peces que mueren en ríos demasiado cálidos y poco profundos. Es el tono de una naturaleza que nos envía señales cada vez más difíciles de ignorar.

Vivimos en un país de agua, de glaciares y de lagos. Sin embargo, ni siquiera Suiza parece inmune a los efectos del cambio climático.

La naturaleza intenta defender un equilibrio que nosotros mismos hemos puesto en peligro.

Al final comprendí que el color café había estado presente en todas partes: en los recuerdos de mi infancia, en el chocolate compartido en familia, en los campos resecos que atravesamos, en el café que nos acompañó durante el viaje y también en el broche final de nuestras vacaciones, cuando llegamos a Dietikon para ver la espectacular función Reception del hotel de la eternidad, ese lugar al que, tarde o temprano, todos llegaremos.

Porque la vida, al fin y al cabo, no deja de ser un viaje de un punto A a un punto B.

La verdadera pregunta es si, mientras recorremos ese camino, estamos realmente presentes.

Gracias, como cada año, a «mi amigo de siempre» por llevarme de un punto a otro y por regalarme tantas experiencias, algunas felices y otras profundamente reveladoras.

Juntos recorrimos 2.438 kilómetros, desde Mamishaus hasta Skålsjögården y otros tantos de regreso.

Nueve colores nos acompañaron durante el camino y cada uno encontró su lugar en un rincón distinto de nuestro viaje.

Total visits: 946571

crosschevron-down