Capítulo VII
Entre el negro y el blanco hay un poco de sepia
Llegamos a nuestro destino, en el corazón de Suecia, rodeados de tanta naturaleza que resulta imposible no deslumbrarse.
Recorrimos caminos de grava y el polvo se convirtió en nuestro compañero de viaje.
El color que nos tocaba era el negro.
¿El negro? —pensé—. ¿Cómo voy a fotografiarlo?
Y al día siguiente era el blanco.
Entonces decidí que, después de tanto color, serían las fotografías de familia las que ocuparían este espacio: esas fotografías antiguas en blanco y negro, casi sepia, con ese suave tono naranja que tanto las caracteriza.
Estoy enamorada de la música de Joakim Berg. Aunque no entiendo todo lo que dice, me parece perfecta para estos días en familia. Ese blanco y negro, tirando a sepia, acompañado de su música, terminó por conquistarme.
Creo que la elección no podía ser más adecuada, porque esto era justamente un encuentro de familia.
Un encuentro con nuestra juventud, pero también con los años que ya hemos recorrido.
Ver a nuestras hijas con sus respectivas familias, disfrutando de nuestros nietos en aquel paraíso, fue, de verdad, un regalo divino.
Mientras los escuchaba en silencio, me recordaba a mí misma a esa edad en la que los proyectos, los sueños y las vivencias de nuestras hijas estaban a flor de piel. 
Escuchar a mis nietos hablar mi lengua, o darme cuenta de que me entienden perfectamente, aunque se comuniquen conmigo en su lengua materna, es un sueño hecho realidad.
Quizás por eso el blanco y el negro me parecen hoy tan apropiados.
El blanco, ausencia de color.
El negro, crisol de todos los colores juntos.
Y entre los dos, el sepia: ese pequeño territorio donde viven los recuerdos.
Allí estamos nosotros y la música de Joakim Berg.
Los que fuimos, los que somos y los que todavía estamos aprendiendo a ser.
La luz del sol, la fuerza del viento y la frescura del agua que brota de aquel manantial dentro de la propiedad completaban el paisaje.
Pero el verdadero paisaje estaba delante de mis ojos: mi familia.
Y entendí que algunas fotografías no necesitan colores.
Porque hay recuerdos que ya llevan dentro todos los colores de una vida.