Capítulo V
Con el gris de Flensburg a IKEA
Dejamos nuestro Wattenmeer con un nuevo color en el lente de nuestra cámara y, otra vez, no era fácil. Así que me tomé de nuevo dos días para fotografiarlo.
Sé que se le puede considerar un color de camuflaje en animales como los lobos, los elefantes o las ballenas, pero ninguno de ellos me voy a encontrar por estos parajes. También sé que forma parte de la naturaleza: está en la ceniza, en la niebla, en las rocas o en las nubes de tormenta. Pero hoy no veo ninguna de esas cosas cerca. El cielo es de un azul nítido, sin una sola nube en el horizonte.
Se me ocurrió entonces fijarme en el gris frío y tedioso de la carretera. Observaría todo lo que apareciera a nuestro paso mientras recorriéramos los próximos 700 kilómetros hasta llegar, en dos días, a nuestro siguiente destino.
Partimos.
No pasó mucho tiempo hasta que nos encontramos sumergidos en una interminable espera: filas de coches aguardaban para embarcar en un ferry que nos acortaría el camino. Para ello tendríamos que esperar 90 minutos.
Entonces recordé la expresión alemana “sich in einer Grauzone bewegen”, que se utiliza muchísimo en el alemán coloquial. Su equivalente en español sería algo así como «estar en una zona gris» o «moverse en un terreno ambiguo». Ideal para definir algo que no está del todo regulado ni es fácil de clasificar.
Esto de ir en coche cuando podríamos tomar el tren; pero tomar el tren es más caro que ir en avión. Esperar 90 minutos para evitarnos otros 100 kilómetros de carretera… ¿Es justo?
¿Qué pasa con la fauna de ese río que atravesamos? ¿Qué pasa con los litros de gasolina que nos ahorramos? ¿Y con el tiempo que perdimos?
Muchas preguntas y pocas respuestas. Todas se mueven en esa zona gris entre lo moral y lo ético.
Después de siete horas, llegamos a nuestro hospedaje: Sorpresa.
Aparcamos delante de un coloso de hormigón, recubierto en algunas partes por hiedra.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
—En nuestro albergue por una noche.
Era un Hochbunker, un búnker de hormigón levantado en Flensburg durante la Segunda Guerra Mundial para servir como refugio antiaéreo a la población y a los soldados. Tenía capacidad para unas 1.200 personas.
Me sentía nuevamente en una zona gris, esta vez delante de aquella imponente construcción histórica: un lugar creado para proteger vidas en medio de la destrucción.
Al día siguiente, muy temprano y con una agradable temperatura de 19 grados, dejamos Alemania para cruzar Dinamarca. Y nuevamente me encontré con nuevos colosos de hormigón creados por el hombre.
De repente, ese gris platinado resplandecía en el horizonte, reflejándose sobre las aguas oscuras de aquel mar pesado. Y recordé nuevamente a Hauke y sus ojos grises y resplandecientes mientras cabalgaba.
Una imagen casi perfecta de mi recordado libro «Der Schimmelreiter» se dibujaba en aquel firmamento.
Recordaba aquellas líneas: «von treibendem Wolkendunkel überzogen».
Y ahora, poder fotografiar aquel cielo cubierto por oscuras nubes grises, con todos sus matices y movimientos, me fascinaba.
Este espectáculo duró poco, pero fue suficiente para hacerme regresar a aquella época de estudios en la que solo podía imaginarlo. Ahora, de repente, formaba parte de él.
Cruzamos la frontera y llegamos a Suecia con un sol tibio. Una sonrisa parecía acompañarnos, como si también los lugareños nos recibieran con ella.
Nueva sorpresa.
Me gustan los museos. Sí, me encantan.
Entonces pernoctaremos en otro lugar singular.
Llegamos así a la cuna de IKEA, donde pudimos disfrutar de un recorrido maravilloso por el museo que cuenta la historia de sus inicios.
Y, como todo visionario, comenzó en el garaje gris de una casa cualquiera.
Me gustó su lema: «El diseño debe ser democrático».
No sabía la magnitud de personas, ideas y procesos que se esconden detrás de la creación de un objeto. Sus visiones, sus logros y también sus pérdidas.
Gran hombre. Gran ejemplo. Gran visionario.
Terminamos el día en un lago, tomando un baño y observando cómo los lugareños disfrutan de sus lagos, de sus saunas y de su naturaleza como parte de su ADN.
En una habitación sencilla, de paredes blancas y con acentos grises, cierro este color y este día.
Quizás el gris no era tan frío ni tan tedioso después de todo.
Quizás solo necesitaba que lo mirara con otros ojos.