Capítulo IV
El azul, nos tomó tiempo...
Como ya dije antes, esta tierra de mar abierto es recia y aquí se vive su tiempo, no el tiempo que tú quieres vivir
Nos levantamos con un gris pálido, azulado. Era azul, sí, pero uno de los tantos matices que conocemos: el celeste, el claro, el bebé, el maya, el francés, el cobalto, el oscuro, el Capri, el Oxford, el de Prusia, el acero, el grisáceo… La lista podría ser interminable.
Me dije que el azul también tiene significados y que no solo representa el poder, la melancolía o la divinidad, sino también la tranquilidad y la distancia.
Entonces pensé: buscaremos el azul en dos días, recordando la famosa expresión alemana „ins Blaue fahren“ (o „eine Fahrt ins Blaue machen“), una expresión muy popular que significa viajar o hacer una excursión sin un destino fijo ni un plan establecido. Es algo así como «viajar a la aventura», «con rumbo desconocido» o, simplemente, dejarse llevar.
Su origen se relaciona con la antigua idea de que el azul era sinónimo de lejanía, infinitud y desconocido, como el horizonte o el cielo.
Salimos al puerto y el gris azulado del cielo nos acompañaba. Comimos en un restaurante azul, nada especial, y decidimos hacer una caminata por las dunas. ¡Oh, sorpresa! Las señalizaciones del parque nacional eran azules. Esto me emocionó porque ya estaba encontrando un poquito de mi tarea.
Subimos al mirador y la vista era impresionante: la tranquilidad y el rumor del mar como única compañía. Pensamos que habíamos encontrado nuestro camino y, de repente, nos dimos cuenta de que había otra forma de llegar al parque. Nos reímos de nuestra inocencia. Estamos en un lugar turístico: claro que hay de todo para todos.
De regreso, disfrutamos del camino por el bosque tupido y, de pronto, me encontré con un viejo amigo convertido en adorno azul en la pared de una casa: el Kugelbake. Lo amé en ese azul cobalto potente.
Llegamos a nuestro coche, que, por cierto, también es azul, y regresamos a nuestro hospedaje. Nueva sorpresa: el sol brillaba a través de la ventana.
Pusimos música en el tocadiscos. Era Jade, una mujer bella y enigmática, con un aura azul que la envolvía, igual que a su música. 
Recordé entonces por qué había venido a este Wattenmeer. No era otra cosa que la descripción de esos grises fríos y de aquella carpeta azul que comienza a leer el protagonista del famoso «Der Schimmelreiter», de Theodor Storm.
El azul siempre estuvo presente. Solo tenía que buscarlo dentro de mí.
Ese libro, lleno de melancolía, de historias de clases sociales y de esa lucha eterna entre el hombre y la naturaleza… Esa melancolía de un tiempo azulado, grisáceo, de acero, casi negro. Ese jinete cabalgando con el cuerpo encorvado y desesperado, con su capa brillando bajo la luz de la tempestad: Ese azul era el que yo buscaba.
Me fui a dormir y despertamos con un azul brillante, ese azul que todo turista espera. Pero para mí era solo la cereza del pastel.
Ya, desde ayer, buscando con «mi amigo de siempre», el azul se había convertido en un juego de poesía, nostalgia, risas y recuerdos.
Y, de pronto, ese azul se encontró envuelto en la bruma rebelde de este lugar único y fascinante que siempre quise conocer y que, recién ahora, he tenido la oportunidad de descubrir.
Yo misma he sido ese azul: con sus grises, sus matices y sus brillos.
Me despido de Cuxhaven con mucho blue en el corazón y con la voz de Jade interpretando sus melodías en aquel viejo tocadiscos. Miro por la ventana: un cielo gris azulado, perfecto para escribir mi diario de viaje.