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Entre colores nos vamos a Suecia

 

Han pasado algunas semanas desde que supe que íbamos a ir a Suecia en verano y, finalmente, llegó el momento.

Ya sabéis que recoger la casa antes de irse es lo normal, pero ahora, con plantas y piscina, la cosa se complica. Bueno, allí se quedó todo… A ver cómo nos recibe la casa dentro de tres semanas.

Es el viaje de las primeras veces. También es la primera vez que hacemos nuestras vacaciones grandes en verano; normalmente las tomamos en otoño. Pero, ¡oh, sorpresa!, este año nos llegan regalitos por partida doble, así que estaremos en casa esperándolos.

 

Hablando de niños y de esta nueva etapa de abuela que adoro, no sabía sobre qué escribir.

Las personas que saben que escribo me han dado un par de tips que me han estado dando vueltas en la cabeza: parques infantiles, colores, juguetes… Pero, como siempre, esperé.

Llegamos a Kassel después de ocho horas de viaje y tres paradas. Fuimos directamente a la ciudad para caminarla un poco.

Nos sorprendió el aire de tranquilidad que se respira y la lentitud con la que se mueve la gente. Encontramos nuestros primeros grafitis y, entre bromas, le pedí a mi “amigo de siempre” que me dijera colores. Necesitaba veinte y me los dio.

Así comenzamos con el amarillo. Y bueno, empecé con las fotos: una jirafa, una niña, una frase, el cantante Lindenberg… Estaba bien, pero ¿qué podía aportarles yo de nuevo?, pensaba.

Llegamos al hotel, descansamos y luego salimos a comer a un restaurante tradicional: “Lautknall”. Un restaurante rústico, de madera oscura, más bien avejentado, casi con olor a añejo, que contrastaba con la frescura del camarero: un chico joven, de brazos musculosos y perfilados, rostro fino, cabello rubio y rizado y una nariz muy propia de estos lares.

Además de atento, me embelesaba su aire de inocencia y caballerosidad con nosotros.

Mi amigo de siempre me preguntó si conocía la historia del restaurante y, cuando me la contó, me sorprendió. Su origen se remonta al siglo XVII e incluso consta allí una placa en memoria de una mujer que nació y vivió en ese lugar y a quien se conoció como “la mujer de las historias”. Se dice que sabía tantas que incluso llegó a vender algunas a los famosos hermanos Grimm.

 

En ese momento se me iluminó la pluma.

Ya sé de qué escribiré durante los próximos días: de las historias y leyendas de los lugares que visitaremos, todo ello enmarcado en colores.

Porque aprenderemos a descubrir el mundo de ELE(na) a través de los ojos de ELE(na).

 

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