Habitación 609
Tras visitar el Museo del Futuro en Dubái, reflexioné sobre la responsabilidad personal que debemos asumir con el planeta para apoyar a las generaciones venideras. Al igual que en una relación, tras la etapa de enamoramiento viene el compromiso, donde reconocemos los errores que antes, cegados por la emoción, no percibíamos.
Durante nuestra última parada, por fin pude descansar y asimilar todas las impresiones acumuladas en tan pocos días. Sentimientos encontrados se arremolinaban en mi mente y mi corazón.
Este viaje fue concebido con miras a ese futuro próspero para mi país, (1966) un futuro que nunca llegó (2024). Sin embargo, en esta majestuosa región, si se respiraba ese aire de progreso constante. Recordé una frase en una ventana del Louvre de Abu Dabi: "La perplejidad te lleva a la curiosidad" y Parafraseando al artista estoniano Paul Pretzer: "El espectador nunca debería entender las cosas por completo", me dejé seducir para escribir este texto.
El final de nuestro recorrido nos llevó a Jumeirah, tras visitar el Museo del Futuro, un espacio que, más que un museo, es un adelanto para las nuevas generaciones. Para nosotros, resultaba algo surrealista, pero decidimos ver el vaso medio lleno por nuestros nietos, en lugar de medio vacío por nuestra edad.
Después de navegar por una maraña de autopistas y, antes de llegar a nuestro destino pude fotografiar a un bus que llevaba trabajadores.
Por fin llegamos; el recepcionista del hotel, amable pero con un inglés difícil de entender, nos ofreció cambiar a una habitación con vista a la piscina, preferimos no hacerlo; las puestas de sol, después de todo, son más placenteras disfrutadas junto al mar o caminando por la arena aún tibia.
Ya en nuestra habitación, la 609: -¡sorpresa!-Frente a nuestro predio se estaba levantando una de las tantas monumentales construcciones que brotan como hongos en esta tierra vibrante. Abrí la puerta del balcón y un calor salobre y sofocante me envolvió.
Recordé nuestro paso por la montaña Jebel Hafit, en la región de Al Ain, donde vimos a esta misma hora del día una fila de autobuses descendiendo.
Me vino a la mente un canal de YouTube que hablaba sobre esta otra cara del lujo y la opulencia de Oriente Medio: hombres provenientes de los rincones más remotos del mundo construyen estas maravillas con arduo esfuerzo, lejos de sus familias. Trabajan con visas temporales, y su esfuerzo alimenta a sus seres queridos en sus países de origen.
A la mañana siguiente observé desde nuestra ventana, cómo los autobuses llegaban puntualmente a las 07:15 cada mañana, y a las 17:15 recogían a los trabajadores de regreso a sus viviendas. Era un desfile de hombres uniformados, con cascos, guantes, mascarillas y chalecos de seguridad, que se preparaban para otro día de trabajo. Todo en su entorno, inmaculadamente limpio, contrastaba con la indiferencia que se vivía dentro del hotel.
Durante el desayuno, un ejército de empleados extranjeros también nos atendía con una sonrisa, anticipando cada uno de nuestros deseos. Mientras tanto, algunos turistas, se servían enormes platos de comida, de los cuales consumían apenas una décima parte, dejando el resto abandonado en las mesas. ¡Qué tristeza!
Ahora me encuentro en esa etapa de compromiso, donde reconozco no solo los errores de aquellos que ofrecen trabajo en este país, sino también los de quienes, con algo más de fortuna, compran su tranquilidad dejando tras de sí una mesa llena de desperdicio. No soy una persona creyente, pero para mí, esto es uno de los mayores pecados: la gula.
Este mundo de lujo y esplendor está construido sobre la nada. Cada centímetro de tierra, cada gramo de alimento, y cada gota de agua ha sido forjada por las manos de miles de hombres sin nombre ni credo. Debemos empezar por respetar los derechos de los nuestros en casa y los de los demás en los lugares que visitamos. Solo así, respetando lo que recibimos y a quienes lo hacen posible, podremos forjar un futuro mejor. Todos, de la mano.