Semana 24: Euforia o nostalgia (el fútbol)
¿Cómo conocí a mi esposo? Por un Mundial. Más concretamente, por el México 86.
No es que yo fuera una apasionada del fútbol. A mis 19 años, mis sueños eran otros: terminar el bachillerato, viajar a Galápagos y disfrutar de la vida con la ligereza propia de la juventud.
Mientras tanto, en algún rincón de Suiza, concretamente en el cantón de Berna, tres jóvenes soñaban con asistir al Mundial de Fútbol de México de aquel inolvidable 1986. Llegó enero y emprendieron el viaje rumbo a Cuernavaca para prepararse —muy al estilo suizo— aprendiendo español antes de la gran aventura.
Después continuaron recorriendo Latinoamérica y, cuando junio los encontró en Ecuador, el destino decidió que yo también estuviera allí.
Nos conocimos un 10 de junio, hace ya cuarenta años. Tres años después, un 11 de junio, decidimos unir nuestros caminos para siempre.
Han pasado cuarenta años desde entonces. Dos hijas y tres nietos han llenado nuestra historia. No hubo perro ni gato que ampliaran la familia, pero sí incontables recuerdos, complicidades y aprendizajes compartidos.
Y hoy, por primera vez, volvemos a ver juntos la inauguración de un Mundial que, curiosamente, regresa a México. Aprovechamos la ocasión para abrir el diario que mi esposo escribió hace cuatro décadas. Cada vez que leemos aquellas páginas, mi corazón se llena de ternura. Me emociona descubrir cómo describía a aquella joven inquieta que había irrumpido en su vida.
Creo que, en el fondo, no he cambiado tanto. Al menos en lo que respecta a ser inquieta. Aunque ahora nuestras cabezas estén cubiertas por la blancura de las canas, símbolo de serenidad, experiencia y madurez.
Quién hubiera imaginado que un campeonato de fútbol cambiaría para siempre el rumbo de dos vidas.
Gracias, México 86.
Gracias, México 2026