¿Un sueño hecho realidad?

En una tierra lejana, al borde del desierto y acariciada por las aguas del Golfo, se alzaba una humilde aldea de mercaderes que vivían en paz con su entorno. Sus casas de barro y madera se erguían junto a la ría, donde las perlas y el comercio eran el sustento de los hombres que surcaban las aguas en busca de fortuna.
Era el año 1966 cuando el destino de aquella aldea cambió para siempre. Del vientre de la tierra comenzó a brotar un tesoro negro: el petróleo. Con él, llegó un sueño, uno que llenaría los corazones de los hijos de esa tierra de esperanza y prosperidad. Aquel lugar, que alguna vez fue solo arena y viento, pronto se convertiría en un imperio moderno. Pero no sin esfuerzo, no sin sacrificio.
Cinco años después, en 1971, aquellos hombres decidieron tomar las riendas de su propio destino y se separaron de la influencia extranjera. Independientes, pero inseguros, dieron el primer paso hacia lo desconocido, guiados por la fe en su trabajo y la promesa de un futuro mejor. Así, hombro a hombro, construyeron sobre las arenas movedizas de su desierto, transformando lo imposible en posible.
Mientras tanto, en otra tierra lejana al otro lado del mundo, Venezuela, un país rico en minerales, ríos y montañas, comenzaba a sucumbir ante las sombras de la mentira y el engaño. Sus hijos, que una vez miraron al futuro con esperanza, ahora se encontraban atrapados en la incertidumbre y el parasitismo.
"Pero, ¿a qué precio?" se preguntó uno de los hijos de Venezuela mientras observaba el crecimiento de aquella tierra que ahora llamaban Dubái.
"Nada en este mundo se ha construido sin lágrimas, sudor o sangre", reflexionaba. Así había sido desde tiempos inmemoriales: templos, puentes, murallas, todo requería sacrificios. Y aunque muchos cerraban los ojos ante el sufrimiento de los menos favorecidos, todos parecían beneficiarse de una u otra manera. Los ricos, los pobres, los comerciantes y los visitantes. El dinero fluía, y con él, la vida.
Esto era así, es así y será así en el tiempo de los tiempos.
Pero, a pesar del esplendor que lo rodeaba, aquel hijo de Venezuela no podía evitar sentir un sabor agridulce en su corazón. "¿Por qué?", se preguntaba. "¿Por qué su tierra, tan rica en recursos, en belleza, en naturaleza, está entre los países más pobres del mundo? ¿Dónde se cometió el error?"
Y así, con la mirada perdida en el horizonte, (con tintes de arena, oro, esperanza y sudor), soñaba con el día en que podría regresar a su tierra natal, verla libre, segura, feliz y agradecida.
Pues aunque el viento del desierto le traía consigo promesas de gloria, su corazón siempre estará arraigado en las montañas y los ríos de su aquella Venezuela perdida.