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Ventaneando III

 

Ventanas a las que con pena, aún así vale la pena asomarse

¿Cómo comenzar esta historia? Estamos en Manchester y llevamos tres días maravillosos, sumergidos en una ciudad que no deja de sorprendernos con su cielo azul improbable, sus canales ocultos y la energía constante de sus calles.

Mientras mi amigo de siempre se perdía por los pasillos del Museo del Fútbol, yo elegía quedarme cerca, con un libro entre manos. No era uno que hubiera buscado, ni siquiera uno que me llamara especialmente la atención. Me lo regaló una amiga, y como tenía tiempo, decidí abrirlo. Era el último de Isabel Allende. “Me asomaré a su ventana”, me dije.

Las primeras cien páginas me costaron. Historias entrecortadas, personajes que iban y venían sin conexión aparente. Parecían más bien recortes de noticias noveladas. El protagonista de la historia era, aparentemente, Samuel, un niño judío deportado a Inglaterra como única forma de salvarle la vida. Una decisión tomada por sus padres, caídos bajo el exterminio nazi. Esa imagen me tocó, quizás porque yo también estaba en Inglaterra.

He pasado el día fuera y, ya de regreso, me senté frente a esta magna ventana, en un cómodo sillón verde oliva, rodeada de un silencio absoluto. Quería digerir todas las experiencias del día con un poco de lectura. Quería terminar el libro.

Poco a poco, el rompecabezas comenzó a tomar forma. Samuel, convertido en hombre por los malabares del destino, llega finalmente a Estados Unidos. Y allí, a sus ochenta años, su historia se entrelaza con la de Ana, una niña indígena separada de su madre al llegar ilegalmente al país.

Samuel no puede evitar quebrarse: guardaba su historia dentro de su pecho como una espina que no cicatriza. Decide contarla, con dolor, como una forma de demostrar que el mundo sigue siendo cruel, sin importar el siglo. La historia cambia de escenario, pero no de fondo.

No importa el tiempo ni la geografía: siempre habrá familias rotas, xenofobia, niños sin familia, éxodos forzados. La historia se repite, con nuevos nombres, nuevos países, pero con los mismos dolores.

Terminé el libro hoy, desde el piso 20 de nuestra habitación, mirando por la ventana. Me puse a pensar en cuántas ventanas hay en un viaje. Unas que invitan a asomarse, otras que te enfrentan a verdades incómodas. Todo depende del precio —literal o simbólico— que estés dispuesto a pagar por la vista.

Anoche, por ejemplo, desde la ventana de un restaurante, vi a un hombre mendigar monedas en una era donde el dinero ya no se toca. A su lado, un grupo de chicas se preparaba, en plena calle, para una larga noche de fiesta. Contrastes. Ventanas que no puedes evitar mirar.

Otras ventanas fueron las de las vitrinas en los museos, que en Manchester, por cierto, son gratuitos. En uno de ellos aprendí que la cultura del té en Gran Bretaña no fue simplemente un gusto, sino una necesidad: hace dos siglos, el agua no era potable y hasta los niños bebían té por razones de salubridad.

En esa misma sala vi un tributo pequeño pero conmovedor: un set de té diminuto, hecho por un artista paquistaní para su hija durante el encierro por la pandemia. Hoy, esa pequeña muestra de amor está expuesta como símbolo de conexión y esperanza. Curiosamente, una escena similar se plasma en el libro, cuando Ana invita a Samuel a participar de sus juegos infantiles bebiendo té.

Coincidencias entre el libro y la ciudad: el Covid aparece como telón de fondo en ambos. Y aunque fue un tiempo oscuro, también dejó cosas buenas: redes de solidaridad, nuevas formas de encontrarnos.

No quiero olvidar la ventana del Museo de Ciencia e Industria. Allí descubrí que, en África, una simple concha de mar servía para llamar a los esclavos al trabajo en las plantaciones de algodón. Un objeto tan bello, usado para algo tan deshumanizante. Salí de ese museo con una sensación de peso, de esas que vale la pena cargar para no olvidar.

Manchester me ha tocado. Con sus hinchas vestidos de celeste y blanco, con sus pubs de música en vivo... incluso encontré un rincón caribeño para sentirme en casa. Hoy terminamos el viaje con otra ventana especial: la del idioma compartido, la hermandad de la lengua en un evento inolvidable.

¡Viva la revolución! Sea industrial o musical, pero siempre que nos empuje a ser mejores.

La pregunta —tal vez la misma que se hace Banksy en sus murales— es: ¿la revolución, a qué precio?
— En Alemania, con el exterminio.
— En Manchester, con la industrialización.
— En América, con la migración.

¿Todavía tiene valor esa palabra?

Mañana partimos rumbo a Liverpool. ¿Qué nuevas ventanas se abrirán?

 

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