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Ventaneando VIII

Simone, París y nosotros…

Llegamos a París sin ninguna expectativa. Ya habíamos estado dos veces antes y, en esta tercera ocasión, solo queríamos disfrutar de la ciudad. No tenía un tema para esta visita: ni ventanas, ni recuerdos, ni luna… solo París.

—¡Sorpréndeme! —dije.
Un imperativo directo, sin por favores ni rodeos. Era simplemente una orden inmediata.
—Tenemos dos días para disfrutarte… ¿qué nos ofreces?

Llegamos desde Londres a la Gare du Nord y decidimos hospedarnos cerca de la Gare de Lyon, ya que desde allí tomaríamos el tren de regreso a casa.

“Regreso a casa”… sonaba casi lejano después de tantas experiencias: encuentros, personas, olores, sabores y lenguas. A casa, sí. Quería regresar a nuestra casa. Me hacía falta, además de nuestras hijas y, —la cereza del pastel—, nuestros nietos.

El hotel, desde la estación, estaba cerca. El día era de ensueño: un cielo azul nítido nos decía “Bonjour”, y nosotros solo podíamos responder: ¡Oh là là! Como aquel cabaret musical que vimos en nuestra segunda visita a esta ciudad, aunque en esa ocasión las temperaturas eran otras: ocho grados bajo cero. Todo estaba congelado. Lo único cálido eran nuestros corazones, apasionados por la ciudad del amor.

Caminábamos, observábamos, recordábamos. De repente, mi compañero dijo:
—Creo que ya llegamos.
—¿A dónde? —pregunté.
—Al hotel —respondió.

Nos hospedamos en un hotel flotante sobre las aguas del Sena. De verdad, estas vacaciones han sido increíbles. Han valido por los otros once meses de trabajo, diferencia de opiniones y reconciliaciones. Nuestro premio: disfrutar en pareja.

Salimos de inmediato a caminar por su largo malecón. Nos encontramos con grafitis y con amantes del tango. Llegamos hasta la famosa catedral, que estuvo cerrada por tanto tiempo y que, hace apenas unos días, volvió a abrir sus puertas al público.

Como siempre, mientras mi compañero tomaba las fotos de rigor, yo, sentada en algún rincón, observaba a ese enjambre de turistas empeñados en lograr la mejor toma.

De repente, los vi. Eran veintiocho. Nos miraban: taciturnos, rígidos, con una expresión impenetrable. Parecía, que se preguntaban: “¿Por qué nos toman tantas fotos? ¿Qué pintamos aquí arriba para ellos?”.
Y, bueno, sí: no encontramos con una arquitectura reelaborada y unas réplicas bien copiadas, pero de eso a que esta edificación sea “una locura”, dista mucho.
Esos espectadores incrédulos murmullaban: Ni siquiera saben nuestros nombres. No es que queramos presentarnos con nombre y apellido, pero… ¿qué pintamos?

Mis edificios y yo, siempre contándonos historias.

Continuamos hacia el Museo de la Ilusión. Lo pasamos como niños, en otras palabras, "pipa". Valió la pena.

Nuestra primera cena fue en la Rue Saint-Denis, con vino. Continuamos el camino de regreso al hotel. Ya eran casi las 23:00 horas. ¡Qué día!
Al llegar, nuestra luna londinense nos esperaba. Así que decidimos tomar algo en el bar del hotel, repasando el día, recordando aventuras —y, por supuesto, malos entendidos—, dejándonos embelesar por las aguas del río con sus luces nocturnas, y como telón de fondo, esa luna llena.

Al día siguiente, seguimos nuestra aventura: esta vez hacia la Torre Eiffel. Hacía unos años habíamos cenado frente a ella, en algún bistró. Nuestra misión era encontrarlo… y lo encontramos.

De paso descubrimos algunos cambios en la torre, ahora amurallada con paneles de vidrio, pero lo que no ha cambiado es ese pulular de turistas apurados por entrar y subir, aunque el día estaba nublado y poco se vería desde arriba. Nosotros, sentados en una banca, los veíamos pasar, posar, y también veíamos a los vendedores ambulantes que hablaban tantos idiomas como fueran necesarios para vender algo. Seguimos caminando.
La caminata era tranquila; charlábamos, teníamos tiempo. Hacía semanas, quizá meses, que no lo hacíamos así: ir uno al lado del otro, compartiendo recuerdos, siendo cómplices de más de media vida juntos.
Y, al mismo tiempo, nos preguntábamos: —¿Qué nos queremos llevar esta vez de París a casa? No lo sabíamos.

De pronto, vimos a un caricaturista parisino. Recordamos las caricaturas que nos hicieron hace más de tres décadas, en nuestro primer viaje, por los alrededores del Sacré-Cœur, en ese barrio que estaba de moda entre bohemios y hippies… como lo éramos nosotros en ese entonces. Nos reímos.

Me senté en una banca y mi compañero se acercó a observar al talentoso dibujante. Al regresar, me contó que estaba dibujando a una pareja: solo el chico estaba presente, la chica aparecía desde una foto. Y, al unísono, pensamos:
—¿Y si hacemos una caricatura parisina de nuestros tres nietos?

Recordamos cómo un dibujante bohemio había retratado a nuestras hijas en Calafell, y cómo aún hoy admiramos esos ojos bellos que capturó con destreza.

Nos pusimos manos a la obra. Lo que nos sobraba era paciencia… y tiempo. Y lo logramos. Conseguimos las fotos adecuadas para ese retrato en papel y carbón. Con cada trazo íbamos reconociendo algo de nuestras hijas. Fue una experiencia muy bonita. Nos abrazamos como camaradas, como compañeros que somos.
Estamos en una de las etapas más agradecidas de la vida: esa en la que puedes mirar hacia atrás y decirte a ti misma:
No lo he hecho tan mal. Hemos seguido nuestros instintos.
El único manual al que hemos recurrido ha sido el del amor. Ese amor con el que, hace más de tres décadas, decidimos compartir el mismo camino.

París fue mi primera escala en Europa hace casi 40 años.
París fue la ciudad que nos recibió con un frío otoñal escandaloso cuando vinimos a visitarla años después a unos amigos.
París fue la ciudad a la que traje a mi amigo de siempre a celebrar su cumpleaños, cuando ya era independiente económicamente y podía darme mis propios caprichos.
Y ahora, París es la ciudad que plasma en papel y carbón a nuestros nietos… y en nuestros corazones.

Encontramos el bistró de aquella segunda visita y, esta vez, acompañamos nuestros recuerdos y nuestras victorias con una copa de vino.

Seguimos caminando hacia el Arco de Triunfo. Recordé que, en otro viaje, habíamos comido crêpes paseando por los Campos Elíseos.

De repente, nos encontramos frente al Lido. Ese mismo Lido que, décadas atrás, era un punto turístico por excelencia. Ahora, tras años cerrado, ha reabierto sus puertas. Ya no con mujeres semidesnudas, sino con musicales coloridos.

Espontáneamente decidimos ver una obra curiosa: Las Damas de Roquefort.
¡Roquefort no solo es queso!

Salimos muy tarde. Nos sorprendió ver cómo, un miércoles a esa hora, la ciudad seguía viva. Gente por todos lados: familias, señores, señoras, niños, jóvenes, jovencitas…Interesante.

Al tercer día decidimos ver otros lados de la ciudad. Pensamos en un parque, tal vez una galería.

Fuimos al parque de Bercy, donde nos encontramos con un barrio vibrante y colorido. En una galería cercana descubrimos arte contemporáneo: obras mundialmente famosas representadas con figuras de LEGO, minuciosamente pintadas por un artista del que aún no sé el nombre… pero seguro me empaparé más de su historia.

Paseamos por el parque, donde observamos a los lugareños en su vida cotidiana. Eso también es interesante: religiones, lenguas, profesiones diversas cohabitando en un mismo espacio de recogimiento, respeto y paz.

Llegamos a unas escaleras de agua. Un sol espléndido nos invitaba a hacer una pausa.
Obras gigantescas de hierro —quizá restos de alcantarillas u otros metales urbanos— daban forma a un arte que nacía desde el suelo parisino.

Y, sin buscarlo, me encontré con Simone. Mi guía. Mi mentora.
Su lectura debió ser de cabecera para las niñas de mi generación. Qué pena haberla descubierto años después.

Simone, quien nos proponía amarnos a nosotras mismas, comprometernos con nosotras mismas, y acompañarnos… antes de querer completarnos con la presencia de un hombre.

Aunque tengo a mi pareja a mi lado, gracias a Simone (de Beauvoir), entendí que solo desde la plenitud individual podemos acompañarnos mutuamente.
Solo completos podemos caminar uno al lado del otro.
Solo completos podemos construir desde lo que nos sobra.

Y lo que nos sobra son ganas: ganas de seguir, ganas de cuidar, ganas de sentir, ganas de soñar. Gracias, Simone.

Cruzando tu puente, crucé mi propio puente interior. Para saberme completa. Ya es tiempo: On time.

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