Ventaneando V
Las ventanas de Bath
El nombre de esta ciudad nos cae como anillo al dedo. Bath: un lugar que, como sugiere su nombre, invita a sumergirse... en aguas, en tiempo, en historias.
Desde la ventana de nuestra habitación, la primera escena se despliega: una lluvia fina cae sobre los jardines antiguos, como si alguien le hubiese ordenado que nos invite a disfrutar de nuestra estancia.
Las hojas, tocadas ya por la magia del otoño, se desprenden lentamente de sus ramas, parecían saludarnos. Los árboles, robustos y centenarios, nos invitaban a quedarnos y disfrutar de sus aguas.
Esa ventana se convirtió en nuestro cómplice. Desde ella, comenzamos a divisar historias: las que se escondían bajo la corteza de sus árboles, en los charcos, en las piedras húmedas de ese jardín de antaño.
Llegamos a la piscina sin ningún plan concreto, más que el de disfrutar de las gloriosas aguas termales y conversar. Todavía hablábamos de nuestras experiencias lingüísticas vividas en Liverpool cuando, al alzar la cabeza, algo me hizo detenerme.
Sentí que había un tercero presente en la conversación. No sabía qué decía, pero estaba claro que quería participar.
Le hice señas a mi amigo de siempre para que guardase silencio. Le susurré que el bambú que se mecía suavemente al viento, justo frente a nosotros, parecía querer contarnos algo.
—¿Desde cuándo los árboles hablan? —me preguntó con una sonrisa.
Cerré los ojos. Me quedé quieta, esperando. El bambú acomodó sus ramas, dejó caer algunas hojas como quien se aclara la voz antes de hablar, y entonces lo entendí. Me decía:
“Yo también soy extranjero. Llevo tanto tiempo aquí que ya casi olvido de dónde vengo. Mis raíces, aunque fuertes, han sabido adaptarse a este clima. Pero mi apariencia no engaña: sigo siendo distinto. No somos tan diferentes tú y yo. Emigrar no es fácil; al principio duele. Pero en el camino aparecen aliados. Te acostumbras. Y con suerte, encuentras tu propósito. El mío: proteger a los que, como tú, llegan buscando refugio del viento.”
Desde la ventana de mi alma, irrumpieron imágenes inesperadas: escenas de caminos, exilios, llegadas. Y raíces, nuevas pero profundas, capaces de sostener identidades enteras. Porque se puede echar raíces en tierra ajena sin dejar de ser quien se es. El orgullo de no perderse se convierte en una forma digna de resistencia.
Bath, ciudad de baños centenarios, de ventanas que dan a otros tiempos. Aquí vivió y escribió Jane Austen. En sus páginas también se abrieron y cerraron otras más: de prejuicios, de orgullos, de oportunidades, de pérdidas, etc., como el título de su libro "Orgullo y prejuicio", escrito hace más de doscientos años, sigue asomándose por las rendijas de nuestra sociedad.
Este lugar parece hecho para escribir. ¿Será que las aguas inspiran? ¿O será el cielo gris, el silencio antiguo, las ventanas abiertas hacia adentro?
La música de la lluvia se detuvo, y con ella, mis pensamientos. Era hora de prepararnos para salir a caminar por esa ciudad envuelta en historias suspendidas, como gotas de lluvia que no acaban de caer.
Tomamos el té en Sally Lunn, la casa de té más antigua de Inglaterra, donde cada taza parece abrir otra ventana al pasado.
Luego, una ida al cine con butler incluido: un detalle delicioso para cerrar el día. Más tarde, algo para picar y música en vivo. Cada instante parecía ofrecernos una nueva oportunidad desde donde observar su mundo.
Esa noche, la ciudad entera vibraba: el equipo de rugby había ganado 28 a 16, y los hinchas salían jubilosos, empapados por una lluvia curiosa que no lograba apagar su alegría. Nosotros, en cambio, caminábamos a contracorriente, con nuestros paraguas coloridos, observando. Ventaneando.
Ellos se dirigían firmemente hacia algún pub, y nosotros, de vuelta al hotel, llevábamos en la mirada lo vivido. De regreso en la habitación, abrimos una última ventana: la de la emoción por el viaje que continúa.
Comenzamos a preparar las maletas para el próximo destino, pero esta ciudad —vista, vivida y sentida a través de tantas ventanas— ya se quedó con una parte de nosotros.